domingo, 1 de mayo de 2011

Cap 19 : Aphrodite (Detail)


Pasamos cuatro días en Berlín, nuestro primer viaje solos al extranjero desde que nacieron los enanos. La elección de Berlín, una ciudad que se está poniendo de moda, es todo un acierto. Si te gusta la arquitectura, toda ella es un museo : desde los edificios de la Postdamer Platz a las nuevas embajadas que parecen competir por mostrar el diseño más audaz, pasando por las sedes de las grandes multinacionales.

Desde este punto de vista, Berlín es como un equipo de fútbol que fichara a sus galácticos : Libesman para el museo judío, Moneo para el Hyatt o Calatrava para la estación de Spandau. El resultado es, exactamente, como la plantilla del Madrid. Analizados uno a uno, todos los edificios son sorprendentes, pero cuesta ver en todo el conjunto una línea que cree la sensación de estar frente a una ciudad. En algunos casos parecen ser conscientes del problema y le piden a un arquitecto, como en el caso del centro Sony, que levante una cúpula que sirva para sugerir una relación entre los edificios de la empresa que no existe

Es un lujo caótico o un caos lujoso. Basta con caminar con un mínimo de atención para encontrarse con sorpresas arquitectónicas. El 70% de la ciudad fue destruida por los bombardeos de la segunda guerra mundial y, por lo que se ve, el proceso de construcción no se ha detenido. Se pueden ver obras en toda la ciudad y grandes trabajos todavía en proceso, como la gran estación de DB o el hotel que el grupo Meliá está construyendo en la Friedrichstrasse.

El sábado, llevados por una difusa mala conciencia, decidimos meternos en un museo. Elegimos el de Pergamon, en el que nos quedamos sorprendidos por el tamaño de lo que ahí se muestra : el friso del templo de Pérgamo, la puerta de Mileto o el pasadizo del templo de Babilonia. La arqueología en toda su grandeza. Estamos dos horas en el museo. Pasada esa tregua, la ciudad vuelve a pedirnos que le dediquemos más tiempo, así que pasamos por la tienda del museo a comprar una guía en la que tener toda la información que ya no podemos recibir. Estamos ya pagando cuando veo dos postales que también compro : una de ellas es un detalle de la mano de Afrodita, la otra, parte del busto de una amazona.

Por la noche, ya en el hotel, llamo a mis padres para saber cómo han pasado el día los enanos.

-Bien, sin problemas. Ha hecho un poco de frío, así que no les hemos sacado a la calle. ¿Ese ruido de fondo? Tu padre, que está viendo el partido. Ahora acaban de salir al campo.
-¿Está Zidane?
-Espera que se lo pregunte.

Mi madre tiene que gritar. La televisión en casa de mis padres cada vez está más alta.

-Sí, me dice que sí. ¿Mañana sale pronto el avión?

A las ocho de la mañana. En el vuelo no nos entregan ningún periódico, así que no puedo saber qué ha pasado en el partido contra el Atlético hasta que llego a Barajas y me acerco a un puesto de prensa. 0-3. “Es penalti y el líder”, dice el Marca. “Ronaldo el terrible”, titula el As. Leo las crónicas para ver qué tal lo ha hecho Zidane. Los comentarios no son buenos. En el minuto cincuenta y cuatro fue sustituido por Guti, que dio un gran pase para el segundo sólo seis minutos después. Se dice que Zidane está sin tensión, quizás en la fase de “declive natural de un futbolista que fue maravilloso”. Otros dicen que ya está “abatido por los achaques y la fatiga”. Los adjetivos que a su llegada al Madrid eran como los adornos con los que se termina de envolver un regalo caro se han convertido en la cinta de embalaje con la que se cierra la caja lista para la mudanza.

Se acepta que, aún así, es capaz de buenos pases o magníficos controles. Sólo los detalles, sí, pero se me pasa el tiempo mirando esa mano de Afrodita o los pechos de la amazona.

martes, 8 de marzo de 2011

Cap 18 : Zidane vuelve a jugar


270 inmigrantes llegan en pateras a España en la segunda mayor oleada de este año. Al Qaeda amenaza con matar a dos marines secuestrados si EEUU no libera a las presas suníes. Un empresario de 60 años paga 16 millones por 10 días en el cosmos. Al menos cuatro muertos y medio centenar de heridos en tiroteos de Hamás con policías palestinos. El régimen de Chávez acusa a la familia Bush de tener vínculos con el terrorismo. Muere una joven de 19 años en Canarias a manos de su novio, al que había denunciado. El presidente de Iraq pide al primer ministro que dimita. La policía indonesia atribuye el triple atentado de Bali a terroristas suicidas. La policía deja en libertad al novio de Kate Moss tras interrogarle sobre su relación con las drogas. Argentina investigará la desaparición de 44 españoles durante la dictadura. El tifón «Longwang» paraliza Taiwán . Naciones Unidas y la Unión Europea, preocupadas por el aumento de los ataques en la región de Darfur. Un incendio quema 30 hectáreas de matorral de montaña en Gredos.

Este mismo día, Zidane , sustituyendo a Guti en el minuto 61 del partido contra el Mallorca, salta el campo después de la lesión que le ha impedido jugar durante varias semanas.El Mallorca, no se sabe muy bien por qué, después de lo que enseñó el Celta, llega al Bernabéu como esas familias que se presentan en un hotel en mitad de Agosto sin haber hecho la reserva. Hay que acercarse a recepción y preguntar si tienen una habitación para la mujer, los hijos y la suegra, que están afuera en el coche, por ver si hay un poco de suerte. El recepcionista, que habla brasileño, niega cuatro veces con la cabeza y Héctor Cúper se encoge de hombros y se vuelve al autobús donde tiene a la familia ya sentada y con ganas de volver a la isla. Ocho goles recibidos en los dos últimos partidos.

Zidane, que sale a jugar con barba, como un enfermo al que le dieran el alta antes de tiempo, no está muy fino. Falla algunos pases, lo que provoca un silencio especial en el Bernabéu, ese que surge cuando ya estamos listos para reprochar el error y nos frenamos antes de hacerlo al darnos cuenta de a quién nos dirigimos. Algo nos tira de las bridas antes de relinchar un poco, que siempre es relajante perder un poco las formas. El que más lejos llega, se limita a un “Pero hombre, Zidane”, y considera que tal vez la culpa la tuvo el que le lanzó el balón, que a ése sí, ya ves, habría que decirle un par de cosas. No faltan algunos detalles y un empalme que golpea en la defensa.

-Un tiro así o tiene que ser gol o un paradón del portero – me dice Miguel, el marido de Paula, tal vez la más Raulista del Bernabéu

Le doy la razón. Cuando llegó al Madrid, algunos jugadores reconocieron que su forma de jugar al fútbol había cambiado por lo que le habían visto hacer a Zidane. Hoy, viendo cómo reacciona el Bernabéu antes sus fallos, veo que su forma de ser también ha influido en nosotros.

Zidane, por ejemplo, nunca haría el canguro o el potro al celebrar un gol. Espera, que a estos sí que les voy a decir lo que me parece su espectáculo. Ya que la cosa va de animales, voy a soltar una burrada.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cap 17 : Esas hormigas que cubren a un animal


Todas las noches, antes de acostarme, me esfuerzo por escribir sobre algo nuevo que hayan hecho los enanos durante el día. Quiero dejar constancia de esa primera vez. La gran cantidad de fotografías digitales que les estamos haciendo no les servirán para conocer su historia. Podrán ver su vida como hasta esta generación nadie ha tenido la posibilidad de hacerlo, pero esas fotografías, rondando lo importante, no darán con ello. A veces lo importante puede estar en la forma en la que repiten una canción que escuchan, en los extraños sonidos que utilizan para pedir algo ahora que todavía no han aprendido a hablar o en su reacción cuando escuchan la palabra “yogur”.

Me digo que es por ellos, que, de alguna forma, saber todos esos detalles de su vida les servirá para tener un anclaje en la realidad. Podrán aguantar de pie cuando lleguen esos momentos en los que se cuestionen su lugar en la vida , que es la verdadera duda metódica, no esos juegos florales de Descartes. Así sabrán que ya desde el primer momento fueron importantes.

Esta es una razón, pero no la única. También influye el deseo de luchar contra el tiempo o, como lo cuenta Rosa Montero en “La loca de la casa”, contra la Muerte, que es un sinónimo de la desaparición de todo lo que olvidamos. En mi caso no es una muerte con mayúsculas, sino una serie de pequeñas muertes que danzan alrededor del día como esas hormigas que cubren a un animal, lo matan y no dejan nada de él. Con los enanos el tiempo va más deprisa. Los cambios son tan rápidos que la sucesión de hechos nuevos acaba primero por reducir el pasado y después por borrarlo. Es como asomarse por la ventana del tren para ver por dónde se está pasando y descubrir que es tal la velocidad a la que se viaja que los nombres de las estaciones se unen en una gran frase.

Lo único que permanece constante es el cansancio con el que nos hemos acostumbrado a vivir. Cuidar a dos mellizos es algo muy exigente. Ese cansancio nos fija al presente y nos hace creer en la persistencia del momento : el llanto de esta noche, la negativa a tomarse el Augmentine o la insistencia con la que lanzan el mando contra el suelo son sucesos que parece que vayan a repetirse indefinidamente. La tramposa evidencia del presente. Basta relajarse un poco para sentir la velocidad del tren y saber que también eso pasará y que, de alguna forma, lo echaremos de menos.

Son las dos de la mañana. Al lado, tengo el receptor con el que vigilo el sueño de los enanos. La luz roja indica que hay corriente, la verde, que hay conexión con el aparato que hemos puesto en su habitación. Hoy no ha sido un día del que sea fácil recuperar dos hechos nuevos. La enana ha estrenado dos pendientes nuevos porque ha vuelto a perder la tuerca de uno del juego anterior. El enano ha vomitado en la terraza, que era el único sitio de la casa en el que hasta ahora no lo había hecho. No es gran cosa. Sé que alguien con más talento se habría fijado en otros detalles más relevantes de hoy. Hay días, sin embargo, en que sé que he acertado con lo que recojo. Esa sensación de dar con lo significativo hace que las palabras salgan con fluidez y que, al acostarme, me lleve a la cama la impresión de haber hecho algo importante. No es el caso de esta noche. Son las dos y cuarto y estoy cansado.

Mañana, según leo, Zidane puede jugar contra el Mallorca. Será su primer partido después de la lesión, por lo que no saldrá de titular..

sábado, 7 de agosto de 2010

Cap 16 : ¡Que no se despierte!


Ver el segundo partido de la Copa de Europa, contra el Olympiakos, que se retransmite por la 1, me cuesta cuatro euros con veinte. La máquina para comprar un día de televisión está en la entrada del hospital, justo a la cafetería. Son tres pasos muy sencillos : meter el importe (exacto), seleccionar televisión o teléfono y marcar el código que aparece en el ticket que obtienes en el teléfono de la habitación. Después de desayunar y de echarle un vistazo a la prensa (entrevista con Helguera en El País, diciendo que el del 2000 sí que era un equipazo) cuento con cuidado las monedas y, aliviado por tener la cantidad que necesito, saco el ticket. El acto tiene algo de juego de azar : no sé qué tipo de partido he comprado.

La televisión es pequeña y está colocada sobre una base demasiado alta. La enana tiene que elevar tanto la cabeza para ver a los Lunnis que acaba desistiendo y vuelve a prestar atención a los juguetes de la cuna, agarrándolos y lanzándolos más lejos según la intensidad con la que le pedimos que no arroje los juguetes. Si se ve sin nada que tirar por encima de los barrotes de la cuna se agarra la vía por la que le ponen el Augmentine y se la quita, dejando que de su mano caigan unas gotas redondas, perfectas, en el suelo de la habitación. Mientras Marta llama a las enfermeras, yo me agacho con una toallita húmeda y me siento como el criminal que trata de borrar las pruebas.

Decir que no sé qué tipo de partido he comprado es mentir. Después de perder el primer partido de la Liga de Campeones, no ganar en casa a un equipo griego con nombre de colonia para hombres sería un suicidio. De lujo, sí, pero suicidio. Me imagino a los periodistas afilando ya sus titulares en el anuncio de lo que parece un nuevo año sin títulos. “No hay dos sin tres”, por ejemplo.

A las nueve menos cuarto enciendo la televisión, que hoy se ha centrado en el nivel uno de restricción de agua para Madrid, y veo el verde del campo, a los chicos formados y, de fondo, ese tema épico que me hace entrar en calor, como si fuera un pollo dando vueltas en un asador. Una par de horas antes he hablado con mi padre.

-No sé si voy a ir al Bernabéu – me dice – Me da pereza, sobre todo la vuelta.

En ese “sobre todo la vuelta” me resume lo que espera del partido. Hace un par de años nos habríamos ido los dos sin ningún problema. Ahora, cosas de la paternidad, me encuentro con el agua de la bañera lista, la toalla a mano, la crema hidratante junto a mí y una bolsa de El Corte Inglés. Con la bolsa pretendo envolver la mano en la que la enana tiene la vía. Si la enana vuelve a perder la vía temo que las enfermeras se venguen por la noche. Tan concentrado estoy en la bolsa que me pierdo el primer gol del Madrid.

¡El primer gol en el minuto nueve! Esa precipitación no casa bien con el espíritu de un equipo que a veces sale al campo como pensando que eso de jugar los noventa minutos es cosa de plebeyos con zapatillas con remiendos. En el Bernabéu, los goles tienen que llegar más tarde. ¿Acaso no recordó Sting que un caballero camina deprisa pero nunca corre? El pase de Beckham es preciso y Raúl lo coloca dentro de la red. Bajo la luz de la Copa de Europa, todo parece brillar.

El gol me sienta bien. El baño va como la seda y la enana, como queriendo colaborar con el buen ambiente de la habitación se come su puré sin dar problemas. Veo al Madrid ajustado, seguro de que pronto caerá el segundo Y, cosas de la vida, del fútbol y del Madrid, cuando estamos mirando todos para un lado del túnel esperando al tren que traerá el segundo gol, éste tren aparece por el otro lado, rápido y ajustado al poste, donde Casillas no puede llegar por mucho que se esfuerce en despertar al orangután que llevamos dentro y trate de estirar el brazo un poco más para rozar con los dedos el balón. Más que un cercanías, lo que vemos pasar es al AVE con el nombre de Kafes en la máquina principal. Pues nada, a empezar de nuevo, que esto es el Madrid.

Este gol de Olympiacos llega en el tercer minuto del segundo tiempo. Ahora la habitación está a oscuras y en silencio porque la enana ya duerme en su cuna. Marta también se duerme en el sofá en cuanto se tumba. A mi me queda la cama de los enfermos, lo que me hace sentir incómodo. Bastante mal rollo, por decirlo de una forma precipitada, como el juego del Madrid. Entran las prisas : todos ellos se veían en la sala de espera de los vuelos internacionales, jugando con su PSP y hablando por sus móviles de última generación y llegan estos griegos y les quitan la documentación.

Sin documentación surge el problema de la identidad. ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Y todo eso que da de comer a los filósofos. Los griegos, que nos tenían que echar una mano, que para eso son los padres de la filosofía, se desentienden el problema y se dedican a profundizar en la herida existencialista del Madrid. No es que hagan mucho, pero lo poco que hacen lo hacen bien, como su cocina. La desorientación también llega al banquillo y Luxa, donde dije Salgado, digo Diogo. Salen también Pablo García y Baptista y entran Gravesen y Soldado. Con la fama de Gravesen y el nombre de Salgado, lo que parecía un paseo por Atenas se convierte en una práctica en Esparta que Sergio Ramos se toma tan en serio que se lleva la segunda tarjeta roja de la temporada a casa.

Conforme pasan los minutos voy haciendo sitio en mi cama de hospital para que el Madrid, al que veo más y más pálido conforme se aproxima el final del partido, se tumbe junto a mí y se ponga en las manos de algún médico de verdad. Sería un ingreso de urgencias con unos síntomas que ya nos sabemos de memoria, como si describiésemos la eterna enfermedad del abuelo.

Y ahí está el médico de urgencias, tomando ya nota para abrirle la ficha (Que se le acelera el pulso y ya no sabe dónde tiene la cabeza), cuando Soldado, en un doble remate, le devuelve a cada jugador su documentación para que todos puedan coger su vuelo. Resulta extraño ver ese gol en una televisión tan pequeña, sin sonido, y sin poder celebrarlo, como si fuera un gol que nos hubieran metido. Me limito a apretar los puños y a golpear la cama.

La enana hace un ruido extraño. ¡Que no se despierte! ¡Que no se despierte!

(Al día siguiente le darán el alta a la enana y las cajas de bombones que les entregamos a las enfermeras no mostrarán todo nuestro agradecimiento por lo bien que se han portado con nosotros, logrando que el hospital parezca un hotel)

martes, 3 de agosto de 2010

Cap 15 : ¿Y tú, qué haces en la vida?


El domingo por la mañana vemos que la enana tiene la parte inferior del ojo derecho inflamada y morada. Como el día anterior estuvimos en el campo, en casa de unos amigos, pensamos que puede haberla picado algún bicho. La explicación que nos damos no es muy convincente, porque lo de bicho engloba tanto a Andrea, una tortuga de más de setenta años que se esconde por el jardín, como a las hormigas que se subían por los pantalones mientras comíamos. A pesar de no ser muy exacta, funciona como excusa y tratamos de seguir con el domingo como si nada hubiera cambiado : desayuno, paseo, comida y reunión con otros amigos.

Antes de terminamos el zumo de naranja del desayuno decidimos que lo más sensato es ir a urgencias para quedarnos tranquilos. Llegamos al hospital a las doce. Marta entra con la enana. Yo me quedo en el coche con el enano, esperando a que se despierte para juntarnos con las mujeres. Una hora después entro con él en la sala, llena de padres con sus hijos.

-Acaban de hacerle unos análisis y estamos esperando los resultados – me dice Marta.

El equipo de urgencias lo forman dos enfermeras, dos pediatras y una recepcionista. Cada cierto tiempo entra y sale un hombre con uniforme azul llevándose los botes de orina y de sangre y trayendo los resultados. Como nuestros resultados tardan en llegar, puedo fijarme en todos los casos que van presentándose : un niño que se ha caído de un columpio, una niña que lleva con fiebre dos días, un bebé que no para de llorar, un niño con una tos ronca, un niño al que le duele la tripa desde ayer. Me sorprende la forma en la que los padres explican su caso a la chica morena de recepción. Dan la información necesaria sin añadir nada accesorio. Pocas veces la recepcionista tiene que hace más de un par de preguntas para abrir la ficha que pasa a las enfermeras.

Al rato, la pediatra que nos ha atendido, una mujer de unos cuarenta y cinco años, alta, delgada y con ese aire de maestra exigente que pide a los alumnos que se adapten a su ritmo, se asoma y pronuncia el nombre de la enana.

-Los análisis nos son buenos. Han salidos bastantes leucocitos, por lo que hay una infección seria. Una tema de bacterias . Quiero que le hagamos una placa y que la vea el oftalmólogo para decidir si los antibióticos se los vamos a dar por vía oral o en vena. Si es así, me gustaría ingresarla unos tres días para tenerla controlada.

Desaparecen los planes y la posibilidad de que todo fuera causa del picotazo de un bicho. Los dos sabíamos que nos engañábamos. Uno de los escasos poderes que se te conceden cuando eres padre es el de presentir el futuro con unos pocas horas de antelación de una forma vaga. A veces es una intuición y otras, como en nuestro caso, la sombra del remordimiento. La palabra bicho desaparece y su lugar la ocupa la palabra ingreso.

No es necesario que nos repartamos los papeles. Yo me quedo con él y Marta es la que se lleva a la enana a hacer las pruebas. Después de hacerle la placa, con comentarios de todas las enfermeras que tratan a la enana hacia su ojo, le echan unas gotas en los ojos para dilatarle la pupila. Mientras, llaman al oftalmólogo de guardia, que se presenta vestido de calle y con una forma de responder a las preguntas de Marta que mezcla la profesionalidad con la molestia de haber dejado una comida de domingo para valorar lo que la pediatra llama celulitis.

Es la propia pediatra la que nos vuelve a llamar para explicarnos los resultados.

-El oftalmólogo no le ha dado mucha importancia y la placa no presenta nada raro. De todas formas, creo que lo más apropiado es ingresarla.

Marta pasa con la enana a una sala apartada, donde trabajan las enfermeras, con tres camas. Yo me marcho a dejar al enano con mis padres. En el camino, el programa de deportes comenta el partido del Madrid contra el Alavés.

-Este es un equipo que tiene problemas con el primer tiempo. Hasta ahora, todos los partidos los ha solucionado en el segundo tiempo.

El “hasta ahora” hace referencia sólo a cinco partidos y la mención al segundo tiempo, hablando del Madrid, sobra por obvia : el Madrid pierde sus partidos en el primer tiempo y los gana en el segundo. Voy a quejarme en voz alta, pero prefiero no alterar al enano, que mira la silla vacía de su hermana como si ya sospechara que algo no va bien.

Una hora más tarde vuelvo al hospital y doy en recepción el nombre de mi hija, pensado que ya le habrán dado habitación.

-Todavía está en urgencias – me dice.

Las dos siguen donde las dejé. A la enana le han puesto una vía en la mano izquierda. Para que no se la quite, le han colocado la mano sobre una base de unos diez centímetros y se la han fijado con varias tiras de esparadrapo blanco.

-El hospital está lleno. Van a ver si nos encuentran habitación en el San Rafael o si nos mandan a otro.

Sólo se permite la presencia de un adulto en la sala, así que nos vamos turnando. En la cama del fondo, una madre pasa lentamente las hojas de su revista junto a un bebé que duerme. En la de al lado, una niña de unos cinco años respira oxígeno con una mascarillla. Su madre le coge la mano derecha y se la acaricia sin decirle nada. Mi hija estira su brazo derecho, pidiéndome que la lleve a ver los dibujos infantiles que están colgados de las paredes : dos conejos de pie, un circuito con tres coches y la clasificación de la carrera en la que Alonso es el primero, seguido por Kimi y Fisichella y un campo de fútbol en el que los jugadores del Madrid son cuadrados y los del Chelsea, redondos, con un resultado de tres a uno a favor del Madrid. La enana parece fascinada por el dibujo de los dos conejos. Y yo, tras tener que llevarla a verlo varias veces, también.

Si en la sala podía ver trabajar a la recepcionista, aquí sigo el ajetreo de las enfermeras, preparándole las fichas a las pediatras, colocando bolsas para que los niños orinen, ordenando las muestras, repartiendo termómetros, colocando vías y haciendo visitas a otros departamentos a por material. Hablan entre ellas como si estuvieran solas. En un momento entra nuestra pediatra.

-¡Este es el peor día desde verano! – comenta una de las enfermeras.
-Me lo vas a decir a mí, que llevo aquí desde las diez. ¿Quién es el siguiente?

Miro el reloj. Son ya las siete. Beso a mi hija en la nuca. Nos pasamos la siguiente hora visitando a la pareja de conejos cada cinco minutos. La recepcionista nos llama para decirnos que en el San Rafael tampoco hay sitio, que podemos elegir entre ir a Torrelodones o pasar la noche en la sala, por si quedara libre una habitación. Le pedimos tiempo para pensarlo. Una de las enfermeras se nos acerca y nos comenta confidencialmente que a ella Torrelodones le gusta mucho. Recuerdo a esas vendedoras de entradas del Fringe, el gran festival de teatro alternativo de Edimburgo, que tenían prohibido comentar nada de las obras representadas pero que siempre dejaban caer un comentario sobre alguna sin mirarte y sin dejar de teclear.

Aceptamos la opción de Torrelodones. Sólo queda esperar a que manden una ambulancia desde allí. A las nueve vienen a recoger a la enana. Marta sube con ella y yo les sigo. En el hospital de Torrelodones nos pasan a urgencias mientras nos asignan una habitación. Nos recibe una pediatra argentina que bromea con la enana, y, después de leer la ficha que le pasan los de la ambulancia, mandan que le pongan un suero con Nolotil. La enana tiene casi cuarenta grados. Son más de las diez y conserva una energía que a nosotros ya nos falta.

Seguimos viendo llegar a los padres con sus hijos. Las pediatras les escuchan con atención y en unos segundos deciden qué van a hacer. No sé si yo sería capaz de hacer un trabajo como ése. Envidio esa llamada de la vocación que te empuja hacia un fin en tu vida, aunque el camino no sea fácil y el trabajo resulte muy exigente : Un padre llega con su hija en pijama y una mano vendada. Un medico mayor se acerca a ver a la niña y habla con dos enfermeras. Mientras le traen lo que necesita, extiende una cortina azul para oculta a la niña. Veo los calcetines de la niña. Uno de ellos está manchado de sangre. Tres círculos rojos. El médico pasea por la sala con las manos a la espalda, ajeno a los gritos de dolor de la niña, que no deja de llamar a su madre. Veo que me sostiene la mirada al descubrir que le observo. ¿Y tú qué haces en la vida?, parece decirme. Cuando las enfermeras vuelven, él se pone dos guantes y se acerca a la niña. Los gritos suben de intensidad. Los pies se agitan con fuerza. El padre intenta, inútilmente, calmarla. Sólo el médico, que le va explicando lo poco que le queda para terminar, parece lograr algún efecto en ella.

La temperatura de la enana va bajando. La pediatra vuelve para mirarle los oídos y la boca.

-Se lo tenía que haber hecho antes, pero no quería molestarla más con la fiebre que tenía – nos dice.

Le preguntamos cuándo nos van a dar una habitación.

-Estamos desbordados – dice sonriendo, como si supiera que en el momento de utilizarla esa palabra ya quedara obsoleta para referirse a la realidad.

A las once nos dan una habitación, la doscientos once, sin cuna. Marta sale a hablar con las enfermeras, que le dicen que van a buscarnos una, pero que no pueden decirnos cuándo la tendremos. Media hora más tarde llaman a la puerta y una enfermera hablando en voz baja, como si hubiera obtenido la cuna con métodos poco éticos, nos dice que no ha podido encontrar las sábanas, que eso ya va a resultar imposible.

Nada más acostar a la enana, se queda dormida. Marta se tumba en la cama y yo ocupo el sofá. Me duelen los riñones La habitación está totalmente a oscuras. Por debajo de la rendija de la puerta principal entra un poco de luz. Escucho las respiraciones de mi mujer y de mi hija y siento que, de alguna forma, no estoy a la altura. Ese desnivel que no sé cómo cubrir.

Me obligo a pensar en otras cosas y es entonces cuando me pregunto si el Madrid habrá ganado. Tendré que esperar al día siguiente para leer la crónica del partido contra el Alavés que el Madrid gana por 0 a 3. Descubro la nueva forma que tienen los jugadores del Madrid de celebrar los goles. El periodista la llama “la cucaracha”. Por lo que veo en una fotografía consiste en tumbarse boca arriba y mover las piernas y los brazos. Ahí están, en el suelo, Ronaldo, Ronaldinho y Baptista. El periodista los disculpa. A mí, después de lo que he visto hoy, me parecen tres gilipollas haciendo el memo. Cuatro, si incluimos al condescendiente periodista.

jueves, 29 de julio de 2010

Cap 14 : Energía para todos


El viernes a las tres y media, un día después del partido contra el Athletic de Bilbao en el Bernabéu, espero a Marta en La Vaguada para ir a comer. Tenemos sólo una hora para tomar algo e ir a la guardería a por los enanos.

Desde donde estoy, veo a la gente que sube por las escaleras mecánicas del primero al segundo piso y de éste al mío. En el segundo piso hay un pequeño puesto del Real Madrid en el que se le informa a la gente de las ventajas de tener el carné madridista. Estas últimas semanas ese pequeño stand estaba rodeado de esa tristeza que se percibe cuando, de madrugada, uno se acerca a pagar el ticket del aparcamiento y le atiende un tipo al que le queda el consuelo de que, en materia laboral, las cosas sólo pueden ir a mejor. Hoy, los tres vendedores, dos chicas y un chico con trajes negros, se mueven con energía entre la gente que pasa cerca, utilizando las fórmulas que les han debido enseñar en un curso rápido de unas pocas horas.

Parece que los tres se hubieran contagiado de la energía que el equipo demostró ayer en el segundo tiempo. Durante el primer tiempo todos se movieron con esa sensación de torpeza y desorientación con la que uno camina por el aparcamiento cuando, pagado el ticket al de la caja, no se encuentra el coche donde pensaba que lo había dejado. La única salida es recorrerse todas las plantas con meticulosidad sin que se note que estás perdido para evitar que la gente descubra que no sabes qué hacer. Todos los jugadores, menos Casillas, andaban con la llave en la mano pero con una amnesia total en lo referente a la manera de jugar. De nuevo, esa impresión de que ninguno estaba en su sitio. El que más confundido estuvo fue Woodgate, que no sólo se había equivocado de planta, sino de garaje : un gol en propia puerta y expulsión por doble amonestación en su primer partido después de un año lesionado.

El chico del puesto del Real Madrid es bajo, delgado y con perilla. El traje que lleva es de su talla, lo que es raro. Los que atienden puestos como el del ING o Patagon, en la primera planta, tienen trajes o grandes o pequeños, como si la rotación fuera tan elevada que los empleados los pidieran prestados a algún familiar. Este chico se mueve entre los posibles clientes con rapidez. Busca a quién acercarse y, cuando lo elige, le dice, muy serio, algo que provoca siempre una sonrisa en el que se para a escucharle.

Algo parecido hizo ayer Guti cuando salió en el segundo tiempo sustituyendo a Gravesen. Cogió el cuaderno de ejercicios que Gravesen había rellenado en los primeros cuarenta y cinco minutos y se dedicó, como si fuera un profesor exigente, a corregirlo sobre el campo. No quedó nada sin tachar. A Guti parecía sobrarle energía. El balón se aligeraba cuando él lo tocaba, trazando al soltarlo unas cuantas líneas perfectas que destacaban sobre una coreografía enmarañada como un plato de espaguetis. Uno de esos pases trazó sobre el área de Aranzubia el dibujo del Zorro, con Ronaldo en el primer vértice y Raúl en el segundo para meter el segundo gol. Una jugada que fue como el latigazo que el equipo necesitaba. Todos parecieron recibir una pequeña descarga eléctrica y este lujoso monstruo de Frankesntein, construido a base de retazos de oro, dio señales de vida.

Fue una lástima que el árbitro, cosas del fútbol, dejara al Madrid con uno menos justo, justo, cuando se ponía por delante en el marcador con ese gol de Raúl que acababa con el empate a uno por los tantos de Robinho y Woodgate . Luxemburgo fue el único que experimentó un momento de pánico y sacó a Ronaldo por Rául Bravo para subirle así un estante más el tarro de las galletas a unos leones que viendo, como el resto del Bernabéu, que no se iban a llevar ningún punto, decidieron pedirle unas cuantas tarjetas amarillas al árbitro para repartirlas luego entre la familia. Raúl marcó el tercero y todos salimos del campo con menos frío en el cuerpo, como si, por fin, uno pudiera calentarse con el juego del Madrid.

El vendedor del Madrid se acerca a Marta. Viene caminando deprisa y no se me ocurre nada que pueda hacer para conseguir que se pare. No tenemos ya mucho tiempo para comer y lo de las cuatro y media es algo sagrado. Se dirige a Marta con un bolígrafo en la mano. Marta niega con la cabeza pero él sigue caminando a su lado. Vuelve a decirle algo. Marta se para y se ríe. El mueve el lapicero y le señala la zona del puesto en la que están los folletos. Marta vuelve a negar y, sin dejar de sonreír, sube por la escalera mecánica.

Hoy, en la prensa económica, se anuncia que el presidente del Real Madrid ha arrebatado el control de Unión Fenosa , la eléctrica gallega, a Amancio Ortega, presidente de Inditex. Por 2.219 millones de euros, se lleva el 22% de la eléctrica. Tal vez eso explique esa subida de tensión del equipo ayer. No lo sé. Buscarle un motivo a muchas de las cosas que suceden en el Madrid es como pedirle a una piedra que te cante un romance. Se me ocurre que quizás la razón esté en el anuncio de Adidas que pasaron durante el descanso. En él se ve a varios deportistas, entre los que está Zidane, corriendo por una carretera. Tal vez a alguien del equipo haya pensado que conviene empezar a poner las cosas en su sitio para permitir que Zidane se sienta cómodo cuando vuelva al equipo. Hay que tener respeto por alguien que se retira el año que viene.

Marta, por fin, llega a mi lado.

-¿Qué te ha dicho?
-¿Quién?
-El del Madrid.
-¡Ah! Nada.
-Pero te has reído.
-Sí, pero no le he prestado atención.
-¿Y te has reído sin saber qué te decía?
-¿Y a qué viene este interrogatorio?
-Nada, sólo curiosidad.
-¿Y tú? ¿Has reservado ya una mesa?
-No , te esperaba.
-¿Esperarme? ¿Con la prisa que tenemos? ¿Pero tú eres tonto?

No sé si soy tonto. Lo que hoy tengo claro es que, si te acercas bien a la ventanilla cuando vayas a pagar el ticket y miras al empleado a la cara, verás a alguien que se parece mucho a Woodgate.

miércoles, 28 de julio de 2010

Cap 13 : Un poco de justicia


Juega el Madrid en Montjuic y lo que veo, mientras Marta y Ane le dan de cenar a los enanos, es la película de Wolfgang Petersen “Das Boot”. Demasiado cine, me digo, que en Canal + retransmiten un partido de fútbol (a 11,95 euros, que se jodan los pobres) y lo que yo reconozco es la historia del submarino alemán que las pasa moradas antes de poder volver a su base.

Siendo más exactos, lo que veo es la secuencia del submarino alemán atrapado por los destructores que navegan por la superficie cuando pretendía pasar por el estrecho de Gibraltar. La vida de un submarino es de color de rosa siempre que no te detecten los barcos. En ese caso estás perdido porque ellos pueden avanzar mucho más deprisa que tú.

Luxemburgo tiene todo el mediterráneo por delante, pero él vuelve a encapricharse con lo estrecho, con los cuellos de botella. Es la tercera jornada de Liga y el planteamiento ya suena a repetición, como las canciones de Jarabe de Palo. Lotina se ha estudiado los tres vídeos disponibles hasta ahora de la colección “Cómo desmontar a los galácticos con remedios caseros” y planta una defensa de libro y le pide a De la Peña que se cruce el campo como si llevara en el bolsillo la noticia del resultado de la batalla de Maratón. Con eso basta.

El Madrid, mientras tanto, avanza sumergido, temiéndose lo peor. Luxemburgo ha convertido al equipo en un submarino, ajeno a las críticas de la superficie que durante toda esta semana han cuestionado su forma de organizar al equipo, y navega sin verle las orejas al lobo. Cree que le basta con que Robinho o Ronaldo se asomen al periscopio para organizar el ataque, lanzar un torpedo que avance a ritmo de samba y hundir a un Espanyol que tuvo la mala suerte de estar donde no debía.

El plan no es malo, pero Luxemburgo no debe haber visto “Das boot”, porque no habría planteado el partido de la misma forma. El Espanyol nos espera en su sitio, en su línea de defensa, y cuando nos detecta debajo de él sólo tiene que ir lanzando cargas de profundidad, sabiendo que es cuestión de tiempo que acaben con el submarino o con los nervios de los jugadores del Madrid.

Luxemburgo, como comandante del submarino, ordena que se sumerja aún más. Logra así alejarse de las cargas de profundidad, pero la presión aumenta el riesgo de fisuras en el casco. El Madrid se va hundiendo poco a poco conforme pasa el tiempo, insistiendo en su único argumento sobre el campo. Como parece que al fútbol le gusta la ironía, el primer y único gol se produce en una jugada a balón parado, justo del tipo que Luxa ha estado preparando con los jugadores durante toda la semana. De la Peña lanza el balón y el árbitro pita antes de que Jarque remate de cabeza. Queda ya claro que hay dos reglamentos, uno para el Madrid y otro para el resto de los equipos. Pero es lo de menos, porque con eso ya contábamos.

Lo que preocupa es que los jugadores empiezan a notar los nervios. No es fácil jugar dentro de un submarino. Robinho, en sólo tres partidos, parece haber envejecido, como si fuera de los que se justifica por el número de camisetas vendidas, no por la cantidad de goles marcados. El resto del equipo escucha cómo la estructura cruje conforme el Madrid se hunde. Cuando la presión sobrepasa los límites, los tornillos saltan y por su hueco se abre una pequeña vía de agua. Pronto salen disparados dos tornillos : Ramos y Baptista, que parece haberse puesto las botas de un Gravesen que hoy ha visto el partido desde el banquillo. Los dos son invitados a dejar el partido por culpa de una tarjeta roja.

Ricardo, a mi lado, se sorprende de la relajación con la que me tomo esta tercera derrota del Madrid.

-¿Y te quedas tan tranquilo? – me pregunta.

Y le cuento que hoy el resultado del Madrid no me afecta. Lo que me ha puesto de buen humor para todo el día ha sido la noticia que he escuchado por la mañana en la radio: Roy Keane va a ser baja de seis semanas por culpa de una lesión sufrida contra el Manchester City. Bueno, Zidane, parece que se ha hecho un poco de justicia.